Eliud Marín Hernández
Biografia elaborada por:
Jesús Salazar
En un caserío del Estado Nueva Esparta, Aricagua, nació Eliud, nombre bíblico puesto por su abuelo paterno. Rememora de su isla un escenario arenoso, nuboso y lleno de lejanías.
 
Cuando toma conciencia de su identidad aparece en el caserío Manzanillo, puerto de aguas profundas y mar azul cobalto. En sus cerros cercanos, pequeños manantiales de agua competían con la sequía del resto de la isla. Una anécdota de esta época forma parte de su conciencia crítica: “Un día pedí a mi mamá una mariquita” (Moneda de plata de 25 céntimos de bolívar denominada también medio real) para comprar lápiz y cuaderno pero me dijo que era muy pequeño para escribir. Ante el argumento me puse a llorar, obligándola a complacerme”.
 
En ese panorama desfila una maestra que era un verdadero ángel, Margot Rodríguez. Quien le enseñó a leer y escribir, apareciendo en su mente la escena infantil de su maestra llevándole de la mano para hacer “oes” y dibujar el mapa de Venezuela. Luego le llevaron a la Escuela Estadal donde se impartía educación hasta segundo grado de instrucción primaria. De los engramas de su memoria recoge el nombre del maestro Narciso López, chapado a la antigua, esos especímenes que daban palmetazos en las manos cuando el niño hacía una copia inadecuada pero algo dejó en el cúmulo de conocimientos almacenados y todavía recuerda, como una postal, algunos pasajes de la Historia de Venezuela del Hermano Nectario María.
 
En Manzanillo había instrucción hasta segundo grado y el futuro era aprender a nadar y esperar la temporada de pesca, porvenir asignado para todos los niños que se desarrollaban en la población.
Su madre Remigia se puso en contacto con un hermano que vivía en Puerto Fermín (El Tirano) llamado Pedro Marrero, a quien le entregó la obligación de cuidar a su hijo mientras estudiaba el tercer grado en la Escuela Federal “Luis Ortega”. La verdadera protectora del niño fue Pema, esposa de Marrero, según Eliud uno de los seres más extraordinarios que ha conocido, cuya capacidad para entregar amor era infinita y su paciencia extraordinaria. Conoció otras maestras, seres almibarados que endulzaron su infancia. Apreciamos como Eliud tiene en primer plano los recuerdos afectivos.
 
Cuando tenía ocho años caminaba varios kilómetros desde Manzanillo hasta El Tirano, mojándose los pies durante las mareas altas e iba, muy de mañana, hasta su escuela. Por las tardes regresaba con otros compañeros hasta Manzanillo. Ahora, cuando intenta medir distancias, en un plano real consciente, se percata del largo recorrido que debía hacer. Hay entonces una sensación de cansancio en el recuerdo.
 
Ya para ese entonces su mente iba buscando otros rumbos, comprendía que la vida del caserío era un camino muy pequeño para las distancias que pensaba recorrer. Iba tejiendo en su mente la noción de la estrechez de la vida y la sensación de una dimensión de su existencia que necesitaba de ámbitos más expandidos. Sus ideas eran amplias y las necesidades no cabían dentro de la pobreza. Debía estudiar para ser un profesional y alcanzar la vida que merecía ese ser que realizó esfuerzos por superarse.
“Mi abuelo materno, Jefe del Resguardo de Manzanillo, me admiraba y profesaba un cariño fuera de lo común. Cuando algún visitante llegaba, buscaba periódicos o revistas enviados desde “tierra firme” y me ponía a leerles algún artículo, para luego decir: este muchacho va a ser un doctor. Cuando murió cursaba yo quinto grado y mi tío Francisco que vivía solo en Puerto La Cruz decidió pedirle a mi mamá que se viniera con él a esa ciudad”. Ella no lo pensó mucho y fue así como llegó a la población oriental con una talega llena de esperanzas.
 
Su tío Agustín decidió llevarlo a Caracas para estudiar sexto grado. Se vio estudiando en la escuela Franklin Delano Roosevelt, frente al Parque Tiuna. Al finalizar ese año regresó a Barcelona para estudiar en el Liceo Juan Manuel Cagigal, donde se cursaba solamente hasta el cuarto año de bachillerato, lo cual planteaba a los estudiantes un problema, tener que salir a otra ciudad, Maturín o Cumaná.
 
Era el año de 1955, no pensaba en la Universidad, la situación familiar era deprimente, la miseria rondaba día y noche a su alrededor. No obstante decidió ir a Caracas a estudiar Química Industrial, pensando que ello facilitaría una fuente de trabajo para coger otros rumbos. Un amigo llevó sus credenciales para inscribirlo cometiendo el error de hacerlo en la Escuela Técnica Industrial. Tal decisión no leagradó, por tanto, retiró sus papeles y comenzó el peregrinar para conseguir cupo en un Liceo de Caracas. Ya habían comenzado las clases y estaba bien entrado el mes de septiembre. “Casi derrotado, le comenté a mi tío Agustín, quien a la postre trabajaba con el coronel Pérez Morales, (Jefe de la segunda Sección del Estado Mayor General de la Fuerzas Armadas) quien me dio una constancia de trabajo en las Fuerzas Armadas. Me presenté en el Liceo nocturno Juan Vicente González donde me dieron entrada para obtener el título de Bachiller en Ciencias Biológicas.”
 
Entonces se dirigió a la Escuela de Laboratorio Clínico donde afirmaron: “Esta escuela se llama ahora Escuela de Bioanálisis, ubicada en una vieja casona de San Lorenzo a Pirineos, donde había funcionado la escuela de medicina”. Parecía un anfiteatro, con salones, laboratorio y un auditórium con gradas a manera de tribunas. En el centro “allá abajo” el profesor dictaba sus clases, lo cual me daba la impresión de un ring de boxeo intelectual. Por esa época hizo amistad muy estrecha con el profesor José Gabriel Espinoza, quien además de enseñarle los vericuetos de la profesión le transmitió algo que considera importante en su vida: la comprensión de la música y la afición por el arte fotográfico.
 
En el año de 1959 se graduó de Bioanalista y trabajó en la Creole Petroleum Corporation en Cabimas. Esa etapa sirvió para adquirir disciplina en el trabajo, luego hizo equivalencia de materias en la Universidad de los Andes obteniendo el título de Licenciado en Bioanálisis (1971), pero cuatro años más tarde se retiró de esa empresa para retornar a Puerto La Cruz donde el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales le ofreció una beca para cursar una especialización. Deseaba estudiar química pero su amiga y microbiólogo Josefina Guariguata, su ductora, le dijo repentinamente: “No comprendo tu empeño en estudiar química si hasta letra de microbiólogo tienes”. Desde ese momento se dio a la tarea de buscar sitio en Atlanta y se fue a Estados Unidos para estudiar inglés en la Cornell University. Numerosos problemas le obligaron a regresar a los tres meses y nuevamente Josefina le sirvió de guía para indicarle rumbos posibles. Consiguió un cupo en el Centro Regional de Referencia Bacteriológica en el Hospital Universitario de Maracaibo, logrando su sueño de ser Bacteriólogo.
 
Eliud es una persona de espíritu amplio, con relaciones humanas cálidas, siempre sonriente prodiga sus carcajadas cuando otros seres humanos necesitan su atención y así cubre de buen humor el ámbito que ocupa. Sus mensajes parecen la columna de humo que el guaiquerí lanza al viento cuando desea comunicar a todos el deseo de vivir intensamente. Parece un Shamán en su laboratorio de bacteriología acercando sus ojos al microscopio en demasía para armonizar su miopía con las lentes bifocales que continúan más allá de su mirada. Las bacterias que siembra en sus cultivos policrómicos crecen lentamente bajo su supervisión y demuestran las posibilidades de expansión comunitaria que tienen esos seres tan pequeños y algunos tan nocivos para el género humano. De repente un agar sangre clarifica unos espacios que revelan propiedades hemolíticas y unas colonias parecen poblaciones de seres puntiformes que se extienden rápidamente en el espacio de una placa de Petri conformando imágenes que simulan las pinceladas de un artista puntillista.
Entre colores, humos salidos de probetas, sonidos de los cronómetros, se aprecia la figura inmóvil de Eliud observando cuanto allí sucede. Parece un duende, mirando a través de sus gruesos lentes la vida de escarabajos encantados.
 
En 1985 la Federación de Colegios de Bioanalistas de Venezuela le otorgó la Condecoración Rafael Rangel por la labor gremial realizada. Fundador y primer presidente del capítulo Anzoátegui de la Sociedad Venezolana de Microbiología, fundador de la Sociedad de Bioanalistas de los Distritos Bolívar y Baralt en el Estado Zulia.
 
El tiempo continúa, siendo su máxima condecoración el trabajar constantemente, perseverando en sus deberes, realizando sus mejores esfuerzos por cumplir con la humanidad doliente, aquella que alcanzada por el daño bacteriano o viral puede sucumbir si no hay un diagnóstico oportuno y un tratamiento salvador.
 
“Debo consignar que mi vida está influida por aquellos que han sido mis maestros y he tratado de imitarlos porque ellos forman parte de mi conciencia”