Ramón Zamora
Biografia elaborada por:
Segundo Barroeta

En el Valle de Guanape, enclave donde, como un rompecabezas geográ­fico, confluyen los estados Miranda, Guárico y Anzoátegui, el día 7 de mar­zo de 1934, y en un hogar humilde, nace un niño cuyo nombre original iba a ser Manuel; pero el jefe civil o el secreta­rio dispusieron que la vida, los amigos y la Microbiología lo conocieran como Ramón Zamora, simplemente. Buscando mayor fortuna, sus padres deciden mudarse a Caracas cuando Ramón tenía sólo 3 años de edad, y el viaje debe hacerse por mar. Se radican en Catia, y en esa popular parroquia caraqueña va a aprender sus primeras letras, a realizar su primaria en la es­cuela "Ramón Isidro Montes" y a gra­duarse de hombre. Desde la infancia, venciendo cuanta dificultad se atrave­sara en el camino que su decisión le tra­zó tempranamente: llegar a ser alguien. Es atento, servicial, colaborador, hace mandados a los vecinos y hasta ayuda al mecánico del barrio, con lo cual, ade­más de ir aprendiendo, obtiene algunas monedas que alivian parcialmente la situación familiar. Sin embargo, el pro­blema económico no era el único ni tal vez el mayor de su vida. Ramón nació zurdo, y todos sabemos que, para la época, tanto los padres como los maes­tros obligaban al niño a "hacer las co­sas con la mano derecha", y Ramón, como todos los zurdos, tuvo que pasar todas las pruebas y medidas que se uti­lizaban (o ¿utilizan?) "para corregir el defecto". Con su férrea voluntad y su decisión de avanzar, vence el obstácu­lo y logra ser un ambidextro que no sólo escribe igual con las dos manos, sino que es capaz de dibujar con la mano izquierda (su "derecha") con precisión fotográfica, cualquier bacteria, cual­quier hongo y hasta un instrumento de laboratorio utilizando únicamente dos o tres trazos de tiza o lápiz. No recuer­do a nadie más económico a la hora de hacer un dibujo con menos líneas, me­nos tiza o menos tinta. Desde muy temprana edad siente el docente que lleva en su interior, y al terminar la primaria se inscribe en la Escuela Normal "Miguel Antonio Caro", porque quiere ser maestro, y lo fue cuando quien enseñaba lo hacía de verdad, porque le gustaba, porque sa­bía hacerlo, y porque eran tiempos fe­lices, en los que los docentes sabían ser maestros, y no trabajadores de la ense­ñanza, como ahora. Los nuevos ingresos mejoran la si­tuación familiar, pero no desvían su rumbo, pues su objetivo es ser médico. Hace equivalencias en algunas asigna­turas y logra inscribirse en el Liceo Andrés Bello. Estudia de día y trabaja de noche, o viceversa, pero nada lo detiene. Termina su bachillerato y nue­vamente entran en juego, sincrónico y acoplado, su voluntad, su esfuerzo te­sonero, el trabajo y la inteligencia: con libros prestados o estudiando con com­pañeros logra terminar exitosamente la carrera y se gradúa de médico cirujano en 1958, en la Universidad Central de Venezuela, cuando apenas acaba de cumplir 24 años. Todos los esfuerzos, unidos ala capacidad de estudio y sus inclinacio­nes por la Microbiología no habían pa­sado inadvertidos para muchos, muy especialmente para el Dr. Dante Bore­lli, quien lo utilizó como su "ayudante voluntario" en el Servicio de Derma­tología del Hospital Clínico Universi­tario, cuando habilitan un pequeño lo­cal para estudiar a los pacientes der­matológicos. Estas credenciales acu­muladas por el Dr. Zamora le hacen lucir como magnífico prospecto, y nun­ca fueron más acertados quienes así lo vieron y deciden incorporarlo a la Cá­tedra de Medicina Tropical de la UCV, con el profesor Félix Pifano al frente de la misma. Como en el país no exis­tía posgrado en Microbiología, acuer­dan que se forme allí con ellos, "repi­cando y andando en la procesión", como reza el dicho; trabajando, apren­diendo y enseñando, bajo la tutela y el contacto diario de sabios de excepción: Leopoldo Briceño Iragorry, Rafael Me­dina, Dante Borelli, Alfonso Anselmi y el mismo Félix Pifano, para no nom­brar sino algunas de las más connota­das eminencias que, con justa razón, le dieron nombradía internacional al Ins­tituto de Medicina Tropical de la UCV. Por si fuera poco, el Dr. Ladislao Po­llak, en el Hospital "Luisa Cáceres de Arismendi" de El Algodonal, se encar­gaba diariamente de actualizarlo en micobacterias, especialidad que el po­laco dominaba como nadie y enseñaba con toda la bondad y munificencia que le daban calidad de caballero integral y docente insuperable. En 1964 ingresa regularmente a la docencia universitaria, como instruc­tor en la Escuela de Medicina "Luis Razetti" de la UCV. En 1966 realiza el curso medio de Micología Médica, or­ganizado por los doctores Humberto Campíns y José Antonio Baldó, y con la participación fundamental del pro­fesor Líbero Ajello, máxima autoridad mundial de la Micología Médica, Dante Borelli, Mildred de Feo y Lorenzo de Montemayor. Al año siguiente es enviado a Bue­nos Aires, donde sigue un curso de perfeccionamiento bajo la tutela de los micólogos y médicos Pablo y Ricardo Negroni (padre e hijo), quienes, ade­más de enseñarle micología, le encien­den más aún la pasión por el tango, el amor por Buenos Aires y el gusto por la delicia de sus carnes. En enero de 1969, mediante permi­so no remunerado, la UCV lo cede a la UCLA, para que se encargue de orga­nizar la Cátedra de Microbiología, lo cual logra cabalmente y decide quedar­se en Barquisimeto. La UCV perdió un profesor, pero la UCLA ganó un mi­crobiólogo y un docente en el más ex­tenso y exigente sentido del término. Su don de gentes y su fácil comu­nicación y claridad de objetivos le per­miten ligarse, por docencia y extensión, a Pediatría y Dermatología, ambos ser­vicios con abundante problemática microbiológica, y que rápidamente se benefician, al obtener el estudio racio­nal de sus pacientes, la identificación de los agentes causales y la instalación de una terapéutica correcta. Zamora organiza la Sección de Microbiología de la UCLA, pero tam­bién lo hace en el Hospital Central "Antonio María Pineda" y en el Con­trol de Enfermedades Transmisibles de la Unidad Sanitaria. Los cultivos y an­tibiogramas alcanzan jerarquía cientí­fica, como lo merece la Región Cen­trooccidental. Como remate, funda el Capítulo Centrooccidental de la Socie­dad Venezolana de Microbiología. Se inicia así una brillante etapa, que ojalá sus seguidores mantengan y no dejen decaer nunca. Ha participado en numerosos con­gresos, nacionales e internacionales, como organizador, expositor y hasta presidiendo algunos de ellos. En reco­nocimiento a sus múltiples méritos, un congreso de Microbiología fue bauti­zado con su nombre: pequeño home­naje a la disciplina de quien mucho ha dado como docente, como propulsor y como descubridor de nuevas especies o métodos prácticos y novedosos para sus cultivos. Junto al Dr. Dante Borelli descubre y describe una nueva especie causante de micetomas: Pseudoshae­tosphaeronema larense, e identifica por primera vez en Venezuela a Streptomy­ces somaliensis, el Aureobasidiurn mansonii en casos de micetoma. Tam­bién ha recibido muchas condecoracio­nes y distinciones, entre las que cabe destacar la condecoración "Enrique Tejera", del MSAS, "Lisandro Alva­rado", de la UCLA, y Profesor Hono­rario de la Universidad del Táchira. Fue invitado especial, por varios meses, en el Instituto Pasteur de París, donde su nombre es muy apreciado en razón de sus conocimientos y aportes a la Mi­crobiología. Dentro de su amplia concepción de la función docente, siempre ha creído que debemos conocer y, en alguna for­ma, tener experiencia en el campo de las luchas gremiales. Por eso fue presi­dente de APUCO y vicepresidente de FAPUV, institución ésta de la cual tie­ne numerosas anécdotas relacionadas con las discusiones e intimidades en la asignación de los presupuestos a las universidades nacionales. Muchos de los logros y reivindicaciones de que hoy disfrutamos son en gran parte pro­ducto de sus luchas tesoneras. Como parte de su trabajo gremial, organizó además los servicios médico-odonto­lógicos de IPSPUCO, en la UCLA, y estableció un sistema de atención odontológica y médico-quirúrgica, oportuna, eficaz y de excelente calidad, valiéndose del gran aprecio de que goza entre todo el gremio, lo cual le permi­tió que durante varios años las mejores clínicas y los más calificados especia­listas brindaran atención a los afiliados de IPSPUCO, mediante honorarios casi siempre no superiores al 50% de los habituales. Después de este largo periplo en actividades gremiales, demuestra que nunca dejó de pensar en la docencia ni dejó de sentirla en su vida. Funda los laboratorios de Micología Médica de Barinas, de Portuguesa y de Trujillo, y en la década de los 90 regresa a la do­cencia activa, con el Posgrado de Der­matología de la UCLA, entregándose por completo, como siempre a la inte­gración e interacción alumno-docente, día a día, pero siempre iniciando con su clase inaugural "La rueda dentada", conferencia que, a mi juicio, debería­mos conocer al detalle todos los docen­tes y todos los profesionales de la Me­dicina, pues allí se analizan todos los pasos que deben seguirse en el estudio integral del paciente, hasta llegar, como tiene que ser, al diagnóstico racional y correcto del proceso en estudio, y cómo cualquier diente que falte en la rueda puede arruinar el mayor de los esfuer­zos y llegamos a un final incorrecto. Hasta ahora sólo hemos hablado del docente por vocación, del maestro por naturaleza y por espíritu que lleva a la excelencia; del hombre que, a fuerza de estudio, esfuerzo y voluntad, logra empinarse sobre sus propios talones y alcanzar un lugar señero, respetable y de sincera admiración para quienes sa­bemos cuánto vale como científico y como ser humano, aunque en esta últi­ma parte es muy reservado, bastante "pichirre" a la hora de abrir su archivo sentimental. Sin embargo, voy a reve­lar tres detalles: guarda especial cariño por dos de sus profesores: el Dr. Dante Borelli y el Dr. Alberto Benshimol; recuerdo como algo extraordinario, que nunca hubiera imaginado su natural modestia, la distinción que le hiciera el profesor Mariat, en el Instituto Pas­teur, al dar una orden casi insólita: "El Dr. Zamora puede usar cuanto quiera la biblioteca personal de Mariat y reti­rar en préstamo cualquier libro o re­vista que necesite". Hasta ese momen­to, sólo el primer adjunto, y nadie más, podía disfrutar semejante privilegio. Por último, quiero "delatar" que Zamo­ra nunca supo y nunca intentó apren­der a cobrar honorarios profesionales; por eso se negó siempre a instalar un laboratorio de Microbiología, cuyo éxito económico y científico estaban más que asegurados de antemano. Así fue siempre y así sigue siendo Ramón Zamora: brinda su saber a quien lo ne­cesita, en cualquier día y a cualquier hora, pero sin interesarse en el aspecto lucrativo. Amigo incondicional y a dedica­ción exclusiva. Inquieto, polémico y reflexivo. Cosmopolita, casi un Marco Polo de los tiempos modernos. Cono­ce casi toda Europa, gran parte de América y muchos países de Asia y África, viajando siempre a costa de su propio peculio, gracias a su forma prag­mática de planificar y ejecutar. Para explicar la clave de la fórmula sólo pide una invitación a cenar. Amigo del ambiente, sabe tanto de cactus que organiza un jardín xerófilo en Boca de Uchire. Estudioso de la Historia y apasionado de las vidas de Bolívar y Miranda, pronto nos hará importantes revelaciones sobre la muerte de ambos. Esto, a grandes rasgos, es una bre­ve semblanza de todo un personaje, cuyo ejemplo y cuya vida es una lec­ción permanente para quienes quieran tomarla: estudio, constancia y decisión para trazar el surco y sembrar la semi­lla.